LA “CUESTION” MALVINAS
Es conocido el apoyo que el pueblo y los gobiernos del Perú
han dado siempre al reclamo argentino de soberanía sobre las Islas Malvinas.
Por eso fue muy grata la chance que tuvimos días pasados de conversar sobre el
asunto, en la Feria del Libro de Lima, con el embajador argentino en ese país,
Darío Alessandro, y con Alberto Adrianzén, viejo militante de la izquierda
peruana, experto en política internacional. Desde ya, hablar sobre Malvinas en
una Feria del Libro invita a hablar sobre los libros que se han ocupado del
tema a lo largo de los años. Hacerlo además en este año exige pensar el modo en
que el trigésimo aniversario de la guerra del ’82 ha obrado sobre nuestra forma
de pensar esta cuestión, que es espinosa. Porque, después del ’82, casi no
podemos decir “Malvinas” sin pensar en la guerra de Malvinas. Como sugiere
Julieta Vitullo en su libro Islas imaginadas, decimos “Malvinas” para (no)
decir “la guerra”.
Y sin embargo, como advierte la propia Vitullo en la estela
de un libro de Rosana Guber, no deja de haber una pérdida en esa reducción de
todos los sentidos de la voz “Malvinas” al valor único de designar la guerra
que, como no nos atrevemos a nombrar, llamamos con el nombre del lugar donde se
disputó. Porque lo cierto es que esa voz tiene también otros significados en la
historia de nuestro país y de nuestra región: designa (designaba, antes de la
guerra, y no tiene por qué dejar de designar) un problema de nuestra vida
política, cultural y diplomática que tiene una historia que no puede reducirse al
suceso de la guerra. Querría sugerir que algunos libros de reciente aparición
entre nosotros nos permiten volver a recuperar la densidad de lo que podemos
llamar “la cuestión” de las Malvinas.
El libro de Vitullo discute las formas de tratamiento de la
guerra de Malvinas en la literatura y el cine argentinos a partir de la tesis
fuerte de que habría una continuidad inexorable entre la idea de que la
soberanía argentina sobre las Malvinas es una causa justa y la tentación de
pensar la guerra de Malvinas como una gesta. La pregnancia, en vastos sectores
de la cultura argentina, de un Gran Relato Nacional reivindicativo y justiciero
impediría criticar de modo consistente el crimen de una guerra a cuyos
conductores, que eran los responsables de la dictadura más atroz que haya
padecido el pueblo cuyos derechos soberanos esos mismos adalides decían
defender, nadie debería haber podido confundir con los portadores, siquiera
fortuitos, de una causa justa.
El argumento de Vitullo retoma así el que en su hora
defendió León Rozitchner, que negaba que pudiera pensarse la guerra de Malvinas
como una guerra justa y popular librada por un gobierno injusto y antipopular.
De un régimen malo no podía salir nada bueno, y la “guerra limpia” de Malvinas
era la otra cara de la “guerra sucia” que ese mismo régimen había librado
contra la mayoría de una sociedad que sólo por un fatal error pudo apoyarlo en
su aventura. Esa tesis de Rozitchner marcó los términos de un debate crucial en
la cultura argentina de las tres últimas décadas, en las que a la amplia
condena del proceder terrorista de los dictadores no ha seguido un consenso
similar en el rechazo de la guerra externa que esos mismos dictadores
promovieron. “Malvinas”, dice Vitullo, es por eso el objeto de un sentimiento
dual y un malestar perdurable.
En ese marco pueden valorarse algunos de los libros
aparecidos este año sobre el tema. Dos de ellos, de tipo periodístico,
contribuyen a desmontar la idea (ya minada por la labor de la Justicia ante
numerosas denuncias de violaciones a los derechos humanos de los soldados
argentinos en las islas) de que pueda postularse un quiebre entre la naturaleza
de la dictadura que nos gobernó entre 1976 y 1983, y la de la guerra que esa
dictadura libró contra Inglaterra. Uno, Lágrimas de hielo, de Natasha
Niebieskikwiat, producto de una esmerada indagación sobre las torturas y
violencias sufridas por los soldados argentinos en la guerra, permite entender
hasta qué punto las prácticas desplegadas contra ellos por sus superiores
fueron la nítida continuación de las que signaron el funcionamiento de los
dispositivos del Estado terrorista en el continente.
El otro, Los rabinos de Malvinas, de Hernán Dobry, recrea un
episodio poco conocido de la guerra: las desventuras de un puñado de rabinos
que viajó al sur para asistir a los soldados judíos. El estudio de los
padecimientos de estos últimos lleva a Dobry a conclusiones que confirman la
tesis de una continuidad de las prácticas represivas de los militares en las
prisiones de todo el país y en los campamentos de las islas. El plus de
desprecio y de maltrato sufrido por los detenidos judíos en las oscuras
mazmorras del Proceso (sobre lo cual existe una amplia bibliografía, a la
cabeza de la cual puede situarse el temprano testimonio de Jacobo Timerman,
Preso sin nombre, celda sin número) tenía su perfecta correspondencia en el
plus de agravios que sufrieron los soldados judíos en las islas.
¿Cómo hablar, entonces, de la guerra? Vitullo estudia las
obras de ficción que abordaron el asunto munida de una tesis fuerte: la de que,
a partir de la temprana y “fundacional” Los Pichiciegos, la épica queda
relegada como forma de narrar la guerra, porque queda impugnada la premisa
misma de un tipo de relato: la idea de algo así como un sujeto nacional, que la
novela de Fogwill reemplaza por un caos de voces y de pertenencias. Vitullo se
apoya aquí en Bajtin: si la épica exige la distancia y habla de un pasado
remoto y acabado, la novela se sitúa en el nivel de la mezcla de cosas que es
el mundo, que no puede dar mucho más que risa. El tono de la mejor ficción
sobre Malvinas (de Los Pichiciegos a Las islas de Gamerro) es, dice Vitullo,
ése: el de la risa. El de la parodia y la farsa. El de la burla, escrita de mil
modos distintos, de la tesis de la causa justa.
Pero, entonces, ¿debemos aceptar el fatal error de la tesis
de la causa justa? ¿Debemos aceptar que porque no pueda decirse que la guerra
de Malvinas fue una causa noble en manos infames nada haya de legítimo en el
viejo reclamo nacional sobre unas islas que forman parte, desde mucho antes de
1982, de nuestra historia política, diplomática e imaginativa? ¿Hay que suponer
a todos los textos que alguna vez pensaron la cuestión átomos de una misma argamasa
nacionalista de la que convendría desasirse cuanto antes? ¿Hace justicia esta
exigencia al espíritu pacifista que animó a muchas de las intervenciones que se
realizaron en torno a esta cuestión de las Malvinas y a la discusión acerca de
la soberanía sobre ellas? ¿Será verdad que –como se ha dicho últimamente– la
mera enunciación de este tema de la soberanía sólo puede constituir una
agitación patriotera que deberíamos evitar a toda costa?
Yo creo que no, y a esa conclusión me llevan otros dos
libros aparecidos este año, que nos permiten volver a oír los tonos con los que
se habló de las Malvinas en el pasado, mucho antes de la guerra, y preguntarnos
si es posible volver a hablar de ellas, en el futuro, no, claro, como si nada
hubiera sucedido, pero sí como si no aceptáramos que lo que sucedió –que puede
y debe ser motivo de reflexión política, histórica, literaria y judicial– nos
impida volver a pensar las cosas de otro modo. Son dos reediciones: la del
alegato de Alfredo Palacios a favor de la soberanía argentina sobre las
Malvinas en 1934, encarada por la Secretaría de Relaciones Parlamentarias de la
Jefatura del Gabinete de Ministros de la Nación, y la del libro de Paul
Groussac Las Islas Malvinas. Nueva exposición de un viejo litigio, hecha en
Francia, y en francés, por iniciativa de nuestra Biblioteca Nacional.
El discurso de Palacios en el Senado constituye, en efecto,
una pieza mayor del gran pensamiento antiimperialista argentino, una fina
reflexión sobre el colonialismo británico y un argumento que habría que poner
junto a ese otro gran texto que es el discurso sobre la cuestión de las carnes
del también senador Lisandro de la Torre, del mismo año. Son dos grandes
documentos de la vida política argentina de esos días, en los que se anticipan
varios de los tópicos que años después coagularían, en un formato más
académico, en las teorías del imperialismo y de la dependencia. El discurso de
Palacios, que desde ya no tiene una pizca de vocación guerrera, termina
alentando la edición en castellano –pronto acometida– de la defensa que Paul
Groussac había escrito en 1910, en su lengua materna, de la tesis de la
soberanía argentina sobre las Malvinas.
Pero recién ahora circula por el viejo mundo, en su lengua
original, este texto elegante y sutil, que revela un celoso manejo de los
documentos con los que labora, un modo muy agudo de pensar esos escritos en
relación con los marcos políticos, ideológicos y míticos en los que fueron
producidos, y un rigor argumental apabullante. Groussac se pregunta sobre qué bases
podían las potencias coloniales reclamar, en la época de sus disputas por sus
territorios de ultramar, su derecho sobre las Malvinas. Una era el
descubrimiento, que atribuye a Holanda; otra, la ocupación, que imputa a
Francia; la tercera, los pactos internacionales, que asistían a España, de la
que Argentina –dice– hereda su derecho, ultrajado en 1833 por la violenta
invasión, por Inglaterra, de unas islas que nunca le habían pertenecido.
Contra esa afrenta se levanta el argumento de Groussac, que
es impecable y justo. Esa justicia es parte de la cuestión Malvinas, de lo que
“Malvinas” quiso decir durante mucho tiempo, y de lo que tiene que poder volver
a decir, en la vida política, literaria y diplomática argentina. Hoy,
“Malvinas” es el nombre de un conjunto de crímenes que están siendo juzgados y
de una herida que la literatura argentina viene procesando de diversos modos.
(Por cierto, dos novelas de uno de los escritores argentinos presentes en la
Feria de Lima, Dos veces junio y Ciencias morales, de Martín Kohan, son
momentos muy altos de esta reflexión.) La literatura y la justicia están,
digamos, “haciendo su trabajo” sobre las Malvinas, y no es seguro que ese
trabajo vaya a terminar alguna vez.
Pero sí es posible que en la medida en que ese trabajo
avance podamos volver a oír, junto a las cosas dolorosas que hoy oímos cuando
oímos “Malvinas”, y mediadas por la experiencia cruel que hoy nombra esa
palabra y por el trabajo que la sociedad argentina viene haciendo en torno a
ella, algunas de las otras cosas que esta palabra dijo alguna vez, y que debe
volver a decir a la conciencia pública, crítica y democrática de nuestro país y
de nuestra región. Me pregunto qué querrá decir “Malvinas” a los argentinos y a
los latinoamericanos de la próxima generación, y supongo, y espero, que pueda
querer decir al mismo tiempo el rechazo del crimen de la guerra y el rechazo de
la prepotencia colonial.
Por Eduardo Rinesi - Rector de la Universidad Nacional de
General Sarmiento.

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